Volver a estar presente en tu propia vida: cuando vivir no es lo mismo que disfrutar
Actualizado: 14 sept
Hay momentos en los que nuestra vida está llena y, sin embargo, nosotros estamos poco presentes en ella. Tenemos responsabilidades, compromisos, conversaciones, pendientes, proyectos y personas que necesitan nuestra atención. Pasamos de una actividad a otra y, aunque aparentemente estamos ahí, nuestra mente muchas veces ya está pensando en lo siguiente. Terminamos una tarea mientras pensamos en otra, escuchamos mientras preparamos mentalmente una respuesta y vivimos momentos importantes sin terminar de experimentarlos porque nuestra atención está dividida entre demasiadas cosas.
Lo interesante es que esto no significa necesariamente que no disfrutemos nuestra vida. Podemos amar nuestro trabajo, disfrutar nuestra familia, sentirnos orgullosos de lo que hemos construido y tener momentos genuinamente felices. El problema aparece cuando la velocidad con la que vivimos hace que esos momentos pasen frente a nosotros sin que alcancemos a habitarlos por completo. Estamos físicamente presentes, pero mental y emocionalmente seguimos resolviendo.
Por eso, cuando hablo de vivir en plenitud, no me refiero a estar felices todo el tiempo ni a convertir cada momento cotidiano en una experiencia extraordinaria. Hablo de desarrollar la capacidad de estar presentes en nuestra propia vida. De reconocer lo que estamos sintiendo, escuchar lo que necesitamos y permitirnos experimentar lo que está ocurriendo sin estar constantemente corriendo hacia el siguiente pendiente.

¿Cuándo dejamos de estar presentes?
No solemos levantarnos una mañana y decidir desconectarnos de nuestra vida. Generalmente sucede poco a poco. Aumentan las responsabilidades, llegan nuevos compromisos, nuestros hijos necesitan algo, el trabajo exige más atención, aparecen decisiones que debemos tomar y nosotros aprendemos a responder. Nos volvemos eficientes resolviendo y, muchas veces, esa capacidad incluso se convierte en una fortaleza.
El problema comienza cuando vivir permanentemente en modo resolución se convierte en nuestra única manera de funcionar. Podemos llegar a casa y seguir pensando en el trabajo, sentarnos a cenar mientras revisamos el teléfono o estar conversando con nuestros hijos mientras mentalmente organizamos lo que tenemos que hacer mañana. Nuestro cuerpo está en un lugar, pero nuestra atención está constantemente viajando hacia otro.
Con el tiempo, podemos acostumbrarnos tanto a esta dinámica que dejamos de reconocerla. No necesariamente sentimos que nuestra vida está mal. Simplemente empezamos a sentir que los días pasan demasiado rápido, que necesitamos vacaciones para poder descansar o que constantemente esperamos el fin de semana para sentir que finalmente tendremos un poco de espacio para nosotros.
Estar presente también es inteligencia emocional
La presencia no consiste solamente en respirar profundamente o aprender técnicas de meditación. Para mí, también tiene una relación profunda con la inteligencia emocional, porque estar presente requiere ser capaces de reconocer lo que está sucediendo dentro de nosotros antes de reaccionar automáticamente.
Cuando aprendemos a identificar una emoción mientras está ocurriendo, aparece un pequeño espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos con eso que sentimos. Podemos reconocer que estamos frustrados antes de responder desde el enojo, darnos cuenta de que estamos cansados antes de exigirnos un poco más o identificar que algo nos incomoda antes de acumularlo durante semanas.
Ese espacio puede parecer pequeño, pero cambia profundamente nuestra manera de vivir. Nos permite responder con mayor conciencia en lugar de reaccionar únicamente desde el impulso. Y muchas veces, una conversación, una decisión o incluso una relación pueden cambiar cuando aprendemos a detenernos unos segundos antes de actuar.
La presencia también transforma nuestras relaciones
Podemos pasar mucho tiempo con una persona sin necesariamente estar conectados con ella. Esto ocurre especialmente en la familia. Estamos juntos en casa, compartimos rutinas, llevamos a nuestros hijos a sus actividades, cenamos en la misma mesa y resolvemos diariamente muchas cosas como equipo. Sin embargo, estar cerca físicamente no garantiza que estemos emocionalmente disponibles.
Una de las formas más sencillas de construir relaciones sanas es aprender a ofrecer presencia. Escuchar una conversación sin mirar constantemente el teléfono, observar el rostro de nuestros hijos cuando nos cuentan algo, preguntar cómo está nuestra pareja y realmente esperar la respuesta. No necesitamos conversaciones profundas todos los días; muchas veces la conexión se construye precisamente en esos momentos pequeños en los que la otra persona siente que estamos verdaderamente ahí.
Y también necesitamos aprender a ofrecernos esa presencia a nosotros mismos. Podemos estar muy atentos a lo que necesitan los demás y tener enormes dificultades para reconocer lo que nosotros necesitamos. Por eso, antes de preguntarnos qué más debemos hacer, quizá necesitamos aprender a preguntarnos con mayor frecuencia:
¿cómo estoy viviendo este momento de mi vida?
No necesitas detener tu vida para comenzar a disfrutarla
Existe una idea que puede alejarnos de la plenitud: pensar que primero necesitamos resolver todo para después poder disfrutar. Esperamos terminar un proyecto, alcanzar cierta estabilidad económica, superar una etapa familiar, tener más tiempo o finalmente sentir que todo está bajo control. Entonces nos prometemos que después descansaremos, viajaremos, tendremos tiempo para nosotros o estaremos más presentes.
Pero siempre habrá algo más por resolver. Cuando termina una etapa comienza otra, cuando alcanzamos una meta aparece una nueva y cuando creemos que finalmente tendremos tranquilidad surge alguna situación inesperada. Si nuestra capacidad de disfrutar depende de que todo esté resuelto, podemos pasar una parte importante de nuestra vida esperando.
Vivir con presencia significa comprender que no tenemos que abandonar nuestras responsabilidades para recuperar nuestra vida. Podemos seguir trabajando, creciendo, construyendo y teniendo metas mientras aprendemos a estar presentes en el proceso. La plenitud no necesariamente requiere más tiempo; muchas veces requiere una manera diferente de habitar el tiempo que ya tenemos.
Pequeños momentos que pueden cambiar la manera en que vivimos
Recuperar presencia puede comenzar con acciones mucho más sencillas de lo que imaginamos. Podemos tomar nuestro café sin hacer otra cosa durante unos minutos, caminar sin revisar el teléfono, escuchar una canción completa, sentarnos a conversar con alguien sin pensar inmediatamente en lo siguiente o simplemente detenernos al final del día para reconocer algo que disfrutamos.
No se trata de convertir estas acciones en otra lista de hábitos que debemos cumplir perfectamente. Eso sería agregar una nueva exigencia a una vida que probablemente ya tiene suficientes. Se trata de comenzar a crear pequeños espacios en los que podamos regresar conscientemente a nosotros mismos y a lo que estamos viviendo.
Incluso podemos comenzar con una pregunta muy sencilla:
¿dónde estoy mientras estoy aquí?
Si estoy con mis hijos, ¿estoy realmente con ellos o sigo mentalmente trabajando? Si estoy descansando, ¿me estoy permitiendo descansar o estoy pensando en todo lo que debería estar haciendo? Si estoy celebrando algo que conseguí, ¿puedo disfrutarlo o inmediatamente estoy pensando en la siguiente meta?
Estas preguntas no buscan generar culpa. Buscan generar conciencia. Porque cuando podemos observar nuestra manera de vivir sin juzgarnos, también podemos comenzar a elegir de manera diferente.
Disfrutar no significa que todo esté bien
También es importante comprender que vivir con plenitud no significa sentir alegría permanentemente. Habrá días difíciles, pérdidas, cambios, frustraciones, cansancio y momentos en los que simplemente no tendremos ganas de disfrutar. Todo eso también forma parte de una vida plena.
Estar presentes significa permitirnos reconocer lo que estamos viviendo sin tener que esconderlo detrás de una actitud positiva. Podemos sentir tristeza y seguir conectados con nosotros mismos. Podemos atravesar una etapa complicada y encontrar pequeños momentos de calma. Podemos sentir incertidumbre y, al mismo tiempo, reconocer aquello que continúa sosteniéndonos.
La plenitud no elimina las emociones incómodas. Nos permite relacionarnos con ellas de una manera más consciente, entendiendo que una emoción forma parte de nuestra experiencia, pero no define toda nuestra vida.
Volver a nuestra propia vida
Tal vez no necesitamos hacer nuestra vida más interesante. Quizá necesitamos volver a estar presentes en ella. Observar aquello que hemos normalizado, reconocer las personas que tenemos cerca, permitirnos disfrutar lo que hemos construido y dejar de esperar constantemente un momento futuro para sentir que finalmente podemos estar bien.
Cuando recuperamos presencia, también recuperamos capacidad de elección. Podemos reconocer qué merece nuestra energía, qué necesitamos dejar de sostener, dónde necesitamos poner un límite y qué queremos disfrutar más. Y ahí es donde la presencia se conecta profundamente con la plenitud: no solamente estamos viviendo nuestra vida, comenzamos a participar conscientemente en ella.
Quizá hoy no necesites cambiar nada enorme. Tal vez puedas comenzar simplemente observando un momento de tu día y estando completamente ahí. Porque algunas veces no necesitamos una vida diferente para sentir mayor plenitud. Necesitamos estar más presentes en la vida que ya tenemos.
Y antes de continuar con tu siguiente pendiente, quiero dejarte una pregunta:
¿Cuánto de la vida que estás viviendo estás realmente presente para disfrutarlo?


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